En las últimas semanas, la Consellería de Cultura ha defendido que el futuro del CGAC debe construirse con “mucha conversación, mucho diálogo” y dando “voz y participación a todo el sector artístico gallego”.
Sin embargo, en artículos recientes, como el publicado simultáneamente en los medios El Debate y El Ideal Gallego, aparecen entrecomillados atribuidos a la propia Consellería en los que las
demandas del sector ya no se presentan como una reclamación legítima y profesional, sino como una disputa por la “influencia cultural y simbólica”, vinculada a “redes profesionales, grupos de
influencia y espacios de poder”.
Pareciera, por tanto, que las primeras ofertas de diálogo han virado hacia una estrategia de confrontación que busca deslegitimar la demanda de buenas prácticas mediante su politización.
Y la pregunta que surge es inevitable: ¿cuál de las dos caras ofrecidas por la Consellería es la real?, ¿la del diálogo o la de la trinchera?
Una administración pública puede defender sus decisiones, por supuesto. Puede explicar un procedimiento, argumentar un nombramiento y sostener una posición. Pero no debería hacerlo desde un lenguaje combativo, sesgado o destinado a alimentar la sospecha sobre el sector al que dice querer escuchar.
No se puede pedir diálogo y, al mismo tiempo, convertir una demanda de buenas prácticas en una batalla ideológica.
No se puede hablar de participación mientras se deslegitima públicamente a quienes reclaman transparencia, autonomía institucional y criterios profesionales.
El problema del CGAC no se resuelve ensuciando el debate. Se resuelve con argumentos, escucha real y respeto por los estándares de una institución pública de esta importancia.
