Para quienes intentan desplazar el debate hacia una cuestión de nombres, afinidades o lecturas interesadas, quizá una analogía ayude a entenderlo mejor.
La Real Filharmonía de Galicia tiene como director titular y artístico a Baldur Brönnimann, un profesional con trayectoria internacional, formación específica en dirección y experiencia al frente
de distintas formaciones musicales. No es casualidad: una institución de ese nivel exige un perfil acorde con su responsabilidad.
¿Se imaginarían poner al mando de la Real Filharmonía a alguien cuyo principal mérito fuese ser docente de música, sin una trayectoria reconocida en la dirección musical profesional?
Seguramente no.
No porque la docencia musical no tenga valor. Lo tiene, y mucho. Pero dirigir una orquesta filarmónica exige otra escala de experiencia, reconocimiento y responsabilidad.
Con el CGAC ocurre lo mismo. No se cuestiona la formación artística ni la trayectoria docente de Eva López Tarrío. Se cuestiona si esa trayectoria acredita la experiencia específica necesaria
para dirigir el principal museo público de arte contemporáneo de Galicia.
¿Por qué lo que en la música nos parecería evidente tiene que volverse discutible en las artes visuales?
El problema no es una persona, el problema es el criterio. La decisión de la Consellería de Cultura compromete la credibilidad de una institución pública fundamental para el sistema profesional
del arte gallego.
Defender el CGAC no es atacar a nadie. Es exigir que una institución pública sea tratada con el rigor que merece.
