Lugar y hora

La evolución legislativa impulsada desde la Xunta para infraestructuras como el CGAC, ha traído de nuevo a la institución al centro de la palestra. Tras revisar leyes y decretos, nos encontramos con organismos como el recién creado Consejo de Museos, que reestructuran el modelo y, con él, los modos y los lugares desde los que se planifica, coordina y gestiona la programación institucional. 


Las declaraciones políticas intentan desviar la atención. La estrategia es clara: insistir de manera reiterada en que la funcionarización de la plaza de dirección del CGAC responde al cumplimiento inevitable de la normativa legal.


No me atrevería a decir que lo anterior es falso, pero tampoco es exacto, porque convierte en «obligación legal» una consecuencia estructural del modelo que ellos mismos han construido. Es una estrategia sutil –y digna de estudio en comunicación política–: rebajar a mero tecnicismo, a decisión aislada, lo que en realidad es un cambio profundo de filosofía, desplegado de forma progresiva a través de sucesivas leyes y decretos. Estos parecían responder únicamente a reajustes administrativos. Solo ahora, en su conjunto, empieza a percibirse su alcance.


El sector de las artes visuales se encuentra así ante un cruce de factores: un modelo institucional cada vez más centralizado, que aleja definitivamente a su buque insignia de su espíritu fundacional, y un estado de impotencia que refleja las dificultades del propio sector para organizarse y ejercer una interlocución sólida –aunque empiezan a surgir voces reputadas–.


Es cierto que el debate es desigual: la administración ha podido cocinar sus cambios a fuego lento, sin prisa pero sin pausa; mientras que artistas, críticos, comisarios o galeristas bastante tenemos con sostener nuestras trayectorias en un contexto adverso. 


Resulta cansino insistir en la cantidad de instituciones que han desaparecido, las galerías que han cerrado o el empobrecimiento de las programaciones y del coleccionismo, tanto público como privado. Basta comparar el Santiago de Compostela de los años noventa, culturalmente vibrante, con la apatía actual de una ciudad cada vez más cercada por el turismo. La preponderancia de la cultura jacobea –ese «morir de éxito»– ha terminado por desplazar la producción de cultura contemporánea. 


Por eso, un CGAC fuerte e independiente es hoy más necesario que nunca. No sólo para el sector artístico, sino para una Galicia que necesita repensarse, salir del bucle y proyectarse hacia el futuro. Porque una cultura que no evoluciona no hace más que poner fecha a su propia decadencia. 


Esta situación no puede aceptarse sin conversación ni normalizarse desde la resignación.


La pregunta no es solo qué hacen las instituciones, sino también qué capacidad tenemos para no quedar excluidos de la plaza pública y participar en el debate en igualdad de condiciones.


La ausencia de un organismo representativo válido —y, con ello, la falta de articulación de demandas— ha ido generando un vacío que, paradójicamente, se alimenta del ruido de mensajes fragmentados, superpuestos y, en ocasiones, contradictorios.


La realidad es que nadie va a hacerlo por nosotros. Quizá sea el momento de mirarnos como ciudadanos y abrir un verdadera conversación. Seguramente haya más cosas que nos unen que las que nos separan. 


Pongamos lugar y hora.