El CGAC ha muerto, al menos como la institución que fue espacio de referencia internacional para la producción, colección y difusión de arte contemporáneo en y desde Galicia.
Algunos dirán que estoy exagerando, que conviene esperar acontecimientos respecto a la nueva dirección del centro. Pero no es una cuestión de nombres, sino de modelo. Que la plaza se convoque
mediante una RPT de libre designación —sin concurso y cerrada a funcionarios— supone, de hecho, la liquidación de cualquier atisbo de independencia en la gobernanza.
La consecuencia más inmediata es la pérdida de autoridad frente al propio contexto artístico.
Porque la credibilidad de una institución no se impone: se construye a partir del prestigio y la independencia de los profesionales que la sostienen. Una trayectoria avalada por criterios
artísticos es la única autoridad que da acceso al contexto nacional e internacional desde una periferia cultural.
Otra consecuencia: un modelo de gestión tan ligado a la política difícilmente evitará las sospechas de injerencia y partidismo.
Se perfila así una estructura piramidal en la que la Consellería establece un marco de relaciones sin contrapesos, escasamente garantista frente a la tentación de excluir de las programaciones
culturales las posiciones más incómodas o críticas.
Para artistas, galeristas o curadores independientes, la autocensura se convierte en una cuestión de supervivencia en un escenario de evidente decadencia en cuanto a la calidad democrática.
A día de hoy el CGAC parece sentenciado. Quienes vivimos y disfrutamos de sus momentos álgidos solo podemos recordar una evidencia: la cultura sometida, sin capacidad crítica ni independencia, se reduce a simple panfleto propagandístico; sea cual sea la ideología.
Foto: Manuel Fragua y Víctor M. Vázquez Portomeñe visitando la exposición de Vito Acconci en el CGAC, 1996 (Archivo La Voz de Galicia)
